Sinopsis: «El mismo día en que Amanda Black cumple trece años recibe una carta misteriosa que cambiará su vida. Y de qué manera.
De vivir casi en la miseria, ella y su tía Paula pasan a mudarse a una mansión gigantesca y laberíntica que ha pertenecido a la familia Black durante generaciones. Por si fuera poco, el cuerpo de Amanda empieza a manifestar habilidades insospechadas y averigua que debe tomar posesión de un legado familiar apasionante, secreto y peligroso, para el que deberá comenzar a entrenarse de inmediato.
¿Estará Amanda a la altura de lo que se espera de ella? ¿De lo que sus padres, y todos los Black antes que ellos, lucharon por perpetuar y proteger?».
La reseña que os traigo hoy es un poco diferente porque el libro también es un poco diferente a lo que suelo leer habitualmente. Además, me da la sensación de que va a ser inusualmente corta.
¿Y por qué va a ser diferente? Pues porque no vengo a analizar la obra, al menos no demasiado; no tengo intención de decir si está bien escrita, si los personajes son creíbles, si la trama es sólida ni otras cosas por el estilo. Porque hay veces (pocas, es cierto) en que todos esos detalles quedan en un segundo plano.
El libro en cuestión es Una herencia peligrosa, escrito a cuatro manos por Juan Gómez-Jurado y Bárbara Montes, que supone el primer tomo de la extensa saga de literatura infantil Amanda Black. Sí, habéis leído bien: infantil. A mis cuarenta y pico años se hace difícil entender bien la franja de edad exacta a la que van destinadas estas historias, pero yo diría que su público objetivo está entre los ocho y los once años. Y no, no me avergüenza reconocer que, a mis cuarenta y pico, lo he disfrutado un montón.
«Me llamo Amanda Black y mi historia comienza un día de no hace mucho tiempo.
Mi vida en aquellos momentos era una... No sé cómo decirlo para que suene más suave... En fin, te lo cuento y ya rellenas tú los puntos suspensivos».
Una herencia peligrosa
Juan Gómez-Jurado y Bárbara Montes
Es algo que también me pasó con otro fenómeno de masas que conquistó las librerías y los cines hace un par de décadas: Harry Potter. Los dos primeros libros de la saga protagonizada por el niño que sobrevivió van dirigidos a un público similar, aunque a medida que los protagonistas crecen, los lectores lo van haciendo con ellos. Yo me acerqué a ellos siendo ya un adulto hecho y derecho y fui consciente de esa evolución, pero debo admitir que partía con una ventaja clave: ya era un lector. El verdadero éxito de Harry Potter fue enganchar a cientos de miles de niños de todo el mundo a sus libros. Muchos se quedaron ahí, pero otros tantos adquirieron el hábito de la lectura.
Es probable que este primer libro de Amanda Black no soporte la comparación con La piedra filosofal, pero esto solo sería relevante en un mundo en el que los libros se enfrenten entre sí y el perdedor fuera destruido para no volver a ser leído por nadie jamás. Sí, la trama de Una herencia peligrosa es simple y puede estar llena de clichés, algo que importa si esos clichés se han leído ya una infinidad de veces; muchos de los problemas o sus soluciones pueden parecer absurdos y rebuscados a ojos de un adulto, pero cuando pienso en estas cosas se me vienen a la cabeza películas como Fast & Furious, dirigidas a un público adulto y donde la lógica muchas veces brilla por su ausencia, y me doy cuenta de que no tiene ninguna importancia.
Por eso, si no somos unos niños adentrándonos en el mundo de la lectura, es vital poner de nuestra parte con la famosa suspensión de la incredulidad, ese pacto implícito entre lector y autor por el que no hay que cuestionar lo que se nos cuenta por observarlo bajo los prismas de la realidad y de la madurez; porque este tipo de historias jamás lograrían salir indemnes de semejante escrutinio.
Una vez superado este punto, lo verdaderamente genial de Amanda Black es que su lectura resulta divertida, te lleva a su mundo y hace que quieras seguir leyendo. Eso es lo mismo que logró Harry Potter hace ya unos cuantos años. Estoy convencido de que, dentro de una o dos décadas, lectores empedernidos recordarán con cariño esos libros protagonizados por una chica que, al cumplir los trece años, descubrió que era especial; y que ahí nació una afición que se convirtió en algo más, en la necesidad de leer historias, porque la buena de Amanda Black les inculcó el gusanillo de la lectura.